Karina

Karina, por Manuel I. Martínez L.

 

Ella es tango hecho mujer.

Ella es viento que baila impertérrito,  arte inmarcesible e impoluto por manchadas manos, es poesía hecha carne, prosa echa alma.

Ha sido un hada danzando entre bosques perdidos y ruinas paganas, una sirena explorando los profundos abismos del ser para recolectar perlas cuya belleza muchos son demasiado banales para apreciar, una flapper bailando foxtrot y vociferando “Vive la France!” con un ahincó desbordante y descomunal. Ha sido herida, vilipendiada y malinterpretada, usualmente por quienes tratan de constreñirla, de moderarla, de quitarle sus hermosas alas de mariposa y hacerla caminar como una persona normal.

Pero ella no es normal, pues en la normalidad yacen el aburrimiento y en el aburrimiento yace la muerte, pues para seres como ella el apático ir y venir de la sociedad común, orientado en tal forma en que no alzamos nuestras cabezas a ver las estrellas por estar marchando hacia delante uno detrás del otro, es un veneno mortal capaz de acabar con cada trazo de su existencia. Estoy seguro que en el momento en que el mundo trate de aplastarla como si martillase el clavo que sobresale por encima de los demás los cielos se abrirán, y Apolo mismo la raptara en sus brazos para exaltarla ante el Olimpo como la ultima verdadera musa, la sucesora de Safo, la ahijada de Hipatia, la Niña Perpetua que ve al mundo con curiosidad y anhelo sin importarle cuan manchado y destrozado este.

¿En que punto podemos llamar a su belleza locura, y en que punto podemos llamar a su locura belleza?

Al conocerla nunca pensé que llegaría a tenerla en tan alta estima, pero no tarde mucho en darme cuenta como aquellos ojos almendrados y esa sonrisa tenue apenas teñida de suave rojo refulgían con el resplandor de los secretos mas arcanos, de los ángeles atrapados en la negrura, tan distinta a todos los demás seres producidos en masa que he llegado a conocer. En sus palabras escuche una sabiduría enterrada en las arenas del tiempo, en sus movimientos vi el vaivén de los astros en sus elípticas. Es una bruja, una sacerdotisa de dioses sin nombre, un ángel caído que disfruta de la libertad de volar sin cadenas.

Pero es frágil también, aunque no siempre quiera mostrarlo. Lo he notado muchas veces, mientras nos sentamos a la luz de velas en aquel bar en que tantas historias nacieron, mientras discutimos la debilidad de la carne cuando la mente esta dispersa, y sobre todo cuando veo en sus ojos el destello ocasional de la tristeza. Me pregunto cuantas veces la habrá dañado y atacado este mundo, cuantas veces se habrá perdido buscando a quien darle su corazón y centro solo para ver como, una vez mas, esperaban una mujer, no una canción y una cacofonía; pero nunca deja que eso la derribe, y al instante siguiente ya volvemos a debatir sobre la belleza de Wilde y Poe, sobre como la Luna es la mas grande ramera de todas, y pautamos el realizar un brindis en honor a Frida.

Para mi, Karina, siempre serás una de mis mejores amigas, de mis musas, y de esos ideales platónicos que se cuelan en este mundo real para recordarme que hay una tierra mas allá, de Dioses y Monstruos, de hermoso caos sin macula alguna de orden o razón. Pero quizás pongo un peso demasiado grande sobre tus hombros, ¿o no, amiga mía? Quizás no eres un ser etéreo sino una chica normal, con tus caprichos, con tus miedos, con tus virtudes y defectos, y ¿no seria acaso darle la espalda a la realidad retratarte como aquella ninfa con la que hablo de dulces nadas? Pero luego me digo, ambas son la misma. Son solo dos caras de esa misma moneda, dos de tantas facetas que muestras, y saben los dioses cuales facetas ocultaras de los demás. Pero me extiendo en sinsentidos cuando mi intención es elogiarte, típico de mi.

Espero que algún día podamos sentarnos a hablar sin pesadez ante las crueldades del mundo, en que este deje de intentar encerrarte dentro de una caja  y permita la luz de tu hermoso caos brillar por encima de las mas altas esferas; algún día, quizás cuando yo mismo ya no este, quizás me haya convertido yo en un soliloquio o un estudio sobre la futilidad, o quizás mi nombre y rostro sean borrados de la historia, y sea uno con la vorágine del vacio. O quizás, solo quizás, Frida nos recuerde que tenemos un brindis en su honor que hemos prorrogado por mucho tiempo. Tantos quizás, y nadie para apreciar lo hermoso de lo subjetivo excepto nosotros, que no somos ni de un lado ni del otro, que bailamos entre la negrura de las estrellas y cantamos en los recovecos de la tierra. Como iguales.

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