Cuidado, por Manuel I. Martinez L.:

-¿Quién es ella?

Por el leve sobresalto, puedo imaginar que mi pregunta tomo a Alex por sorpresa. Alzo su mirada del mostrador que había estado acomodando hacia apenas unos segundos y la poso en mi rostro, su expresión de duda momentánea dando paso al entendimiento tan pronto la vio nuevamente.

La chica se alejaba caminando con parsimonia, musitando descuidadamente una canción mientras veía todo en el centro comercial con una gran sonrisa en su rostro. Ya la había visto por allí unas cuantas veces a lo largo de los meses.

-Ni idea.

-¿Entonces por qué te saludo?

-Ósea, le conozco de vista y ya.-No se si fueron las palabras o como la ceja me llego hasta la nuca de tanto que la arquee, pero algo en su memoria pareció activarse-Ha pasado por la tienda un par de veces y se ha quedado hablando, pero hasta ahí…

Y no me sorprende mucho que así fuese. Alex trabajaba en una tienda cristiana, y esta mujer no parecía el tipo que compraría un libro sobre como todo es pecado y debes rendirte ante Jesús. Aparentaba estar en mediados de sus 30, con una melena rubia ondulada y grandes ojos en ese tono entre café y verde, una contextura delgada y piel bronceada. Llevaba una falda larga, estilo gitana, y una camisa sencilla que se notaba a leguas estaba teñida a mano, además de guindalejos y abalorios por doquier. Verano del Amor y Boho chic fallido en partes iguales.

Pero no era eso lo que me llamo la atención como tal.

-¿Y cual es el interés pues? Si me saludo, me saludo, normal-Alex respondió a mi pregunta de la mejor manera que pudo; haciéndole caso omiso y sonriendo con era mirada enternecedora suya. ¿Cómo no seguirle la corriente a alguien así?

Era mi mejor amigo, y no podía entender porque me pongo sobreprotector cuando otro practicante aparece. Pero claro, para eso, primero debería entender quien soy en realidad, y no queremos eso, ¿o si?

Tan pronto hizo su ademan usual, seguimos hablando de dulces nadas por el resto del día. Problemas con la jefa, clientes que lo tomaban como si el fuese la persona perfecta con quien dialogar horas sobre el significado de darle tu vida a Cristo, la sorpresa que tenia preparada para cumpliese mes con Guillermo, los chismes que le tenia; entre tema y tema las horas pasaron volando, y ya cuando decidí partir del centro comercial el sol empezaba a ocultarse en el horizonte y Venus resplandecía desafiante.

Di unos cuantos pasos tan pronto salí, dispuesto a ir en mi rumbo usual, pero no tarde en darme cuenta de aquella sensación. Aquella presencia, mejor dicho.

-Estuve esperándote, demonio.

-Tch. Vaya modales-me di la vuelta con calma, haciendo énfasis en cada palabra como si saboreara cada movimiento que mis labios hiciesen. La vi a través de mis lentes de pasta, incapaz de contener la sonrisa sardónica que se esbozaba en mi rostro.

Y, tal como me lo esperaba, allí estaba la mujer. La expresión jovial de aquella tarde había desaparecido, reemplazada por férrea determinación y seriedad, palpable en esa mirada que me clavaba con vehemencia. Cualquiera hubiese dicho que me odiaba y aborrecía, y quizás tuviesen razón; pero había más que eso en su expresión, por más que tratara de enmascararlo.

Su miedo era igual de palpable que su voluntad.

-Quizás nunca compaginare con esos que se hacen llamar cristianos, y no conozco lo suficiente a ese pobre chico al que acechas.-se acercaba despacio, dando cada paso de manera tensa, sin apartar su mirada ni por un segundo.-Pero no puedo quedarme de brazos cuando veo como seres como tu buscan hacerle daño a los demás.

Y ahí si no me pude resistir y solté una carcajada sonora, que hubiese llamado la atención de cualquiera si no fuese porque toda la fachada del centro comercial estaba vacía, todos los alrededores en la mas absoluta soledad. El mundo había cambiado.

Estábamos del Otro Lado del Velo.

-Excuse me? ¿Me conoces como para emitir tal juicio de valor?-la expresión de mi rostro debía ser todo un poema, porque la pseudo-gitana endureció aun mas su expresión y detuvo su andar.

Y allí fue cuando decidí que era el momento de demostrarle con quien estaba lidiando. Vi su rostro cambiar de fría concentración a sorpresa y terror tan pronto me envolvió la familiar luz roja. Quien estaba frente a ella ya no era solo un muchacho regordete, barbudo y de lentes y con una presencia un tanto inquietante; sino algo mucho, mucho peor. Algo que no debió de molestar así.

Me mostré en todo mi esplendor, y con mi vestido rojo favorito, debo añadir.

-Me imagino que no conoces las Leyes Arcaicas-musite mientras caminaba hacia ella, el tac tac de mis tacones resonando en todo el vacio-porque si lo hicieses sabrías que vejar a alguien como yo, atacar mi buen nombre de esa manera, es suficiente para castigarte.

Ella empezó a mover los labios, probablemente murmurando algún hechizo o rezo, mientras daba un pequeño paso hacia atrás. Era inútil; fui mucho mas rápido de lo que ella podía pensar. Chasquee los dedos, y ella se vio por enredaderas salidas de las sombras; tallos alargados que se enrollaban alrededor de sus tobillos y muñecas, sus piernas y brazos y torso, con púas que se clavaban en su piel y bellas rosas rojas retoñando en donde no deberían.

Estaba a mi merced, y lo sabia.

 -¿Qué te pasa, queridita? ¿La leona ya no puede rugir?

Pero en lugar de responderme, solo cerró los ojos y respiro, y al volverlos a abrir vi como estos brillaban con blanquecina luz plateada. Una luz que pronto se propago por todo su cuerpo, que se expandió como una onda rápidamente por todo aquel facsímil de la fachada del centro comercial, iluminando aquel mundo de sombras con ese tenue resplandor como el de la luna. La mujer abrió su boca y ahora vocifero las palabras que había estado murmurando, ese brillo emanando desde su boca y su interior.

-¡Diana, protege a tus hijas! ¡Selene, bríndanos tu luz! ¡Hécate, aleja a las sombras dañinas! ¡Yo os pido…!

-Blah, blah, blah, bonitos efectos visuales por cierto-y una de mis enredaderas cubrió su boca.-Originalmente planee hacer que te naciera una rosa de la garganta, pero pensé que quizás seria difícil sacarla sin dañarte, y no planeo herirte. Mucho. Si prometes no hacer ninguna estupidez, puede que te deje hablar. ¿Lo prometes?

Ella asintió, y con un ademan de mis dedos su mordaza desapareció. Jadeo un poco mientras me miraba con obvio desprecio, pero no estaba en posición de hacer nada por ahora.

-¿Que clase de monstruo eres?

-¿Yo? Pues puedes definirme como quieras, cariño.-Aproveche de hacer aparecer mi boquilla favorita y dar una calada al cigarrillo encendido que esta portaba-Pero tu y yo somos muy, muy similares, en realidad. Soy un Brujo. Como tú puedes llegar a ser.

-Mientes. Ningún brujo, ningún hombre, podría tener un alma como la tuya-espeto, indignada, mientras trataba de alejar su rostro del humo que sople en su dirección-yo soy una bruja.

-¿Ah, si? ¿Por bailar desnuda bajo la luna y entonar kumbayas en el bosque? Bitch, please-no pude evitar burlarme un poco-No eres mas que una mortal, y como cualquier mortal tienes algo de potencia, una chispa de poder para hacer pequeños trucos…-otra calada a mi cigarrillo-pero yo soy superior a ti, mi pequeña disque-wicca. Yo soy un Brujo de verdad. Soy un Lilim.

-He oído de los de tu calaña. Criaturas perversas que devoran las almas de los hombres. Monstruos que acechan en las noches y atacan a todo ser que se les atraviese.

-Si, si, eso y mas. Aunque no siempre lo que sabes es necesariamente real. ¿Qué es real, a fin de cuentas, si lo único que sabemos es que todo es subjetivo? O que todo es vanidad, mejor dicho-otra calada mas-y mira, ya hiciste que empezara a dar un soliloquio.

-¿Qué haces aquí? ¿Por qué acechas a ese pobre chico?

-Tch tch tch. ¿Acaso uno no puede visitar a sus amigos en paz? Además, este es mi territorio. TODA ESTA CIUDAD es mi territorio. Aunque no me sorprende que no lo sepas… es un error muy común de la Gente Astuta el asumir que lo saben todo, y no conocer las minutas más básicas. Pero me extiendo sin motivo, en realidad.

Di un pequeño suspiro y deje mi boquilla al suelo, en donde se desplomo y convirtió en una miríada de pétalos rojos de rosa. Mire a la Mujer Sabia a los ojos, y la vi todavía altiva y desafiante a pesar de todo.

-¿No me crees en lo mas minino, verdad?

-No. Pero tampoco creo que mientas, a decir verdad.

-Algo es algo, supongo-y con un chasquido, hice desaparecer sus ataduras en un destello de luz carmesí.-Mira, no tengo la intención de dañarte mientras que no me des motivo para ello, y francamente has venido varias veces. Te dejare pasar la ofensa esta vez. Además, si quisiera hacerle daño a A… al chico, ¿acaso no crees que ya lo hubiese hecho? Nadie allí podría detenerme, y como pudiste ver, eso te incluye.

Asintió con cierto recelo, pero había todavía algo de duda en su expresión.

-Si es verdad, entonces, ¿Por qué el tiene esa sombra sobre su aura?

No se cuanto me traiciono mi expresión, pero por la forma en que me miro debió de ensombrecerse mucho antes de que recuperara la compostura.

-Eso… francamente no es de tu incumbencia. Pero no tuve nada que ver con ello, te lo aseguro.

-Tampoco lo sabes-era una afirmación y no una pregunta.

-Por supuesto que lo se. Solo que como dije, no es de tu incumbencia. En fin, lo importante de ahora es que, siempre que no me entorpezcas los planes a futuro, te dejare marchar sin mucho problema, capisci?

La Mujer Sabia asintió con desgano, y con eso, nuestra pequeña conversación llego a su fin. Chasquee los dedos y deje que la Cortina se descorriese una vez mas, sacándonos del Otro Lado y devolviéndonos al mundo normal, donde la luna llena brillaba hermosa en el cielo y las personas deambulaban de aquí para allá. La mayoría, trabajadores del centro comercial que acababan de cerrar las tiendas.

Mis atavíos se esfumaron también, y volví a ser el mismo Norman de siempre, con mi misma sonrisa tenue. Eche un vistazo a donde la Mujer Sabia había estado parada hacia un momento y la vi marchándose apurando el paso, y solo suspire un poco. Hubiese empezado a caminar también, pero escuche como entusiásticamente gritaban mi nombre detrás de mí, y dado todo, sabía exactamente quien era.

-¡Norman!-Alex camino un poco mas deprisa al verme-Nagua chamo, yo ya te hacia ido, ¿Qué paso?

-Ah, me encontré con… una conocida. No me fije en la hora-respondí con mi mejor sonrisa del Gato de Cheshire. Por la cara que puso no pareció muy interesado en los pormenores.-¿Te acompaño a agarrar carro?

-¿Seguro? ¿No se te hace muy tarde o algo así?-frunció el ceño un poco, a lo que simplemente hice un gesto con la mano.

-Bah, no importa. Además, sabes que me gusta pasar tiempo contigo.

-Vienes todos los días.

-Detalles, detalles-Seguía con el ceño algo fruncido, pero empezó a caminar, y acto seguido hice lo mismo. Y, tal y como paso en la tarde, volvimos a hablar de dulces nadas, de les pliu et les bonne temps, sin que nada nos preocupase en el mundo…

     …o a el, por lo menos. Yo, por el otro lado, no podía evitar mirarle, y ver esa sombra que apenas captaba con el rabillo del ojo, y como los Hilos del destino no parecían tejer algo agradable respecto a eso. Pero bueno, por algo estoy aquí, ¿o no?

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