El llamado del Abismo

El llamado del Abismo, por Manuel I. Martínez L.:

¿Acaso nunca lo han sentido antes? ¿Acaso soy yo el único?

Desde que tengo uso de razón me siento ahogado en ello. Lo veo moverse con el rabillo del ojo, apenas perceptible; lo noto en las noches cuando apago las luces y mis ojos todavía no se acostumbran a la oscuridad. Lo siento en la parte de atrás de mi mente, murmurándome, incitándome.

No importa cuanto trate de sacarlo de mi mente, cuanto trate de no imaginarlo, lo veo con plena claridad cada vez que cierro los ojos, lo escucho en ese ruido blanco que nunca abandona al oído. Susurros apagados que entonan nombres que no se pronunciar, y que no se si debería de hacerlo; trazos que se configuran en señales, en signos, en sigilos. Presencias que siento justo detrás de mi cuando se que estoy completamente solo, tocándome con gélidos dedos y observando cada uno de mis movimientos.

Quería ignorarlo, pero desde el momento en que abrí ese libro quedo grabado a fuego en mis retinas cada palabra, cada imagen. Pensaba que quizás encontraría una explicación para lo que sentía, para lo que vivía; pero en lugar de calmarme, solo empeoro todo. Me fascino, de principio a fin. Maldigo el momento en que ese hombre apareció en mi vida, en que me hizo entrega de aquel volumen envuelto en cuero negro y escrito a mano, en que todo se correspondía exactamente con lo que sentía. Desde que lo vi, desde que lo tuve en mis dedos, sabía que era mi destino.

Y no era un destino feliz. No era un destino alegre. Puesto que desde que pose los ojos en el, supe que todo lo que me acechaba, que me incitaba, era real. Todas esas atrocidades que susurraban en mi oído eran reales. Muy, muy reales.

Apenas lo tuve en mis manos por unos minutos, apenas leí el prefacio, y solo eso fue suficiente para maldecirme. Primero empezaron los cosquilleos, las punzadas, la sensación de dedos rozando mi piel cuando estaba solo; luego vinieron los rasguños que surcaban mi piel, moretones sin razón, y lo que claramente parecían mordiscos. Habían cobrado fuerza, suficiente para molestarme, para exigirme más.

Y no pude evitar sino darles más.

Mientras buscaba como proseguir con el libro, los tuve que mantener a raya dándoles de mi sangre, de mi cuerpo; pero cuando eso no basto empecé con los sacrificios. De lo poco que me acordaba y me llegaba, trazaba los círculos, vociferaba las oraciones y entregaba, a puñal y a fuego, lo que pudiese otorgarles. Los alimentaba poco a poco, y no puedo negar que una parte de mi lo disfruto. Lo disfruto mucho, incluso. Esa sensación de tomar la vida de otro ser, de dársela a alguien mas… y el poder, el éxtasis que sentía mientras mas fuertes se hacían las sombras.

Ya no les temía, ya no les alejaba. Nos habíamos vuelto amigos, buenos amigos; como si siempre lo hubiésemos sido. Y proseguí en ese rumbo desde entonces, creyendo que todo tenía sentido al fin, que había encontrado mi propósito… sacrificar.

Pero las sombras tenían otros planes. Y me di cuenta demasiado tarde de ello.

Pensaba que mi terror se había terminado, hasta que empecé a verlos frente a frente. No solo por el rabillo del ojo, no solo en la distancia, sino frente a mí, a milímetros de mi cara, con sus vacios ojos fijos en los míos. Con aquella amenazante expresión, visible bajo la mascara, bajo el cráneo con que cubría sus facciones.

Podía verlos ahora en todas partes, escuchar sus voces en todos los rincones de la Tierra. Los veía revolotear  alrededor de la gente, batiendo sus membranosas alas y posándose en los hombres de quienes no tenían ni idea sobre su existencia. Y me miraban, todos me miraban, todos sabían que no solo podía verlos sino que yo les había brindado más fuerza. Que era su esclavo. Pensaba que encontraría la paz, pero solo ahonde mi pesadilla.

Sin importar cuantas puertas bloquee, cuantas paredes ponga entre mi ser y aquellas cosas, siempre las veré en las sombras y recovecos oscuros, siempre estarán allí mirándome. Quieren sacrificios más grandes, ofrendas mas vastas; y me susurran en medio de la noche las atrocidades que quieren que cometa en su honor, viles actos que hasta alguien tan caído como yo se cohíbe de pensar. Por primera vez en mucho tiempo, tengo miedo.

Tengo miedo de no tener otra alternativa, de no tener voluntad para resistirme como no la tuve la primera vez. Tengo miedo de acudir al llamado de estos seres, de ese Abismo, del mismísimo Infierno. Tengo miedo de no encontrar una manera de aplacar ese impulso visceral con que me inundan.

Tengo miedo.

¿Acaso nunca nadie lo ha sentido también? ¿Acaso soy el único? ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué me escogieron a mí?

¿Me escogieron a mí?

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